
A la derecha, perfectamente al alcance de su mano, se encontraba la rendija de aire que le recordaba que aún estaba viva. Aunque lo intentara no lograría cubrir toda su entrada para apresurar el fin, no había más qué hacer que esperar. Recogió un poco más sus rodillas contra el pecho y con los ojos cerrados intentó olvidar.
Quiso olvidar la impotencia que sintió ante la huida del hombre con lo poco que tenían, dejándola sola, al olvido, volviendo sólo para llevarse a Manolín porque 'ya podía trabajar'; a los otros cinco los olvidó completamente,...igual que ella.
Olvidar la humillación sufrida por Matilda, su hermana menor, al recibirla en su orgulloso hogar de recién casada y recién parida, a cambio de fregar los pisos de la casa grande; luego los baños, la ropa, la comida, hasta hacerse cargo de la casa entera, trabajo de Matilda.
Olvidar las atenciones de Fortino, su cuñado, lo segura que se sentía cuando le arrimaba el agua para lavar los trastes, la leña para el fogón, lo necesario para la comida.. Olvidar el fuego que la quemaba y que la empujó a buscarlo en la mitad de la noche, en el patio trasero, mientras Matilda dormía a pierna suelta.
Olvidar su vientre abultado y los gritos desaforados de Matilda, apelando a un amor fraternal inexistente, a una fidelidad de sangre; olvidar su partir furioso alejando a su Estrella de 'los incestuosos', desapareciendo para siempre del rancho.
Olvidar el rostro seco y fruncido de Fortino, su desamor por ella y su desprecio por 'los cinco'. Olvidar la muerte de su vergüenza y sus desesperados intentos por complacerlo, para retenerlo, para que siguiera apagando ese fuego que la quemaba por dentro.
Quiso olvidar el olvido en que sumió a 'los cinco', abandonando sobre sus espaldas el peso de la culpa, arrojándolos a la diminuta carbonera cada vez que él quería salir e irse juntos a no sé dónde...a olvidar.
Olvidar la mañana en que lo había visto salir a escondidas (¡ojalá no lo hubiera seguido!) a encontrarse con ella y su Estrella. Quiso olvidar su rostro rejuvenecido, jovial y alegre, al lado de ellas.
Para olvidar vagó por calles desconocidas iracunda, inconsciente, burlándose de su propia vergüenza. Y ahí, en la carbonera, olvidados y ennegrecidos por el hollín, los encontró un día, uno abrazado al otro, dejando apenas espacio para ella, que, acurrucada, esperaría que él nunca olvidara lo que haría ella.
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